¿Diversificamos ingresos contaminando un proyecto con auspicios o protegemos el legado del mito hasta sus últimas consecuencias? El dilema no es menor y fue el que enfrentaron los creadores del festival Woodstaco, un evento que, a pesar de sus quince ediciones, sigue vivo en la memoria de la escena nacional como un referente en la autogestión de festivales musicales.
Resulta interesante analizar lo que pasó con este Festival, el cual cada año parecía más grande y exitoso que el anterior. Mejorando en su programación, instalaciones, seguridad, señaléticas, el nivel de producción en general, pero siempre libres de marcas comerciales.
Y, según contaron sus protagonistas en Ministerio Imaginario, fue este camino de resistencia el que los llevó a bajar la cortina el año 2023, cuando el proyecto ya era insostenible económica y operativamente, pero el mito lo suficientemente fuerte para volverse eterno.
La construcción orgánica del mito: De Teno a El Trapiche
La historia de Woodstaco es el caso de estudio perfecto sobre el concepto de cultura participativa. Todo comenzó como un algo entre amigos, una comunidad que se reunía en la Montaña de Teno en torno a la amistad y la música. Ellos “eran” Woodstaco, y cada año fueron más hasta que el evento se consolidó en el camping El Trapiche de Parral, cimentando una conexión territorial con El Maule.
Sin grandes presupuestos de marketing, y sin aspiraciones comerciales, el festival utilizó el boca a boca y el hito digital de los eventos de Facebook para articular una comunidad que actualmente tiene más de 65 mil seguidores entre Instagram y Facebook, muchos de los cuales siguen pidiendo su regreso.
“La forma más orgánica de que la gente haga parte de tu proyecto, lo haga propio, es (…) nosotros vamos a hacer esto, vengan, porque va a estar bueno y porque lo vamos a hacer igual”, indica Jose Amunátegui.
Esta base de fans, sumamente interesada y con un rol activo en sus propias redes, le dio vida y trascendencia al ritual que sucedía año tras año en el verano maulino. Fue el público el que hizo de Woodstaco un escenario relevante para la música nacional. “…fue todo creándose de forma muy orgánica y también la gente que asistía entendía, como que sentía la vibra con la que nosotros habíamos creado el festival y se maravillaba, se notaba el sentido artesanal que tenía” (Jose Amunátegui).
El techo de cristal en la autogestión de festivales musicales
El modelo de negocios de Woodstaco se enfrentó a un estrangulamiento económico inevitable. Al mantener una pureza filosófica, que rechazaba el financiamiento B2B (marcas tradicionales), todo el peso financiero recayó en la venta de tickets (B2C). Esta dependencia exclusiva de la comunidad generó un techo de escalabilidad peligroso.
“No era un modelo de negocio, y se creó desde el hecho de que para nosotros era importante que no hubieran marcas, ni hubiera nada involucrado (…) Desarrollamos una línea artística que tener letreros era invasivo y no se condecía con todo lo que preparábamos nosotros en el ambiente que queríamos generar” (Matías Burgos)
Por otra parte, Jose agrega: «el festival cada año queríamos hacerlo mejor, y así fue durante las 12, 13 versiones que tuvimos, nunca hubo un año que dijeran como el año pasado estuvo mucho mejor que este. Entonces eso nos iba poniendo un estándar cada vez más alto que era cada vez más insostenible para nosotros económicamente, energéticamente».
Pero crecer implicaba hacerlo en todas las dimensiones de un evento de esta magnitud, complejizando la logística, la seguridad, la alimentación del staff. Costos que terminaban además elevando el valor de la entrada, haciendo la experiencia cada vez menos accesible para su audiencia original.
Para la producción, el festival nunca fue un negocio rentable en términos contables; año tras año, el equipo absorbía pérdidas financieras reales para sostener la mística. El desgaste humano, sumado a las responsabilidades familiares y la precarización laboral, hizo que el modelo de autogestión pura tocara fondo.
“Empezamos a tener familia, a tener hijos, muchas más responsabilidades, trabajos que demandaban mucho más tiempo, y al final todo eso también empieza a pesar (…) acarrear un proyecto como éste, que era hermoso, pero que también tenía un montón de rodamientos malos” (Jose Amunátegui).
La ceguera institucional y la trampa de los fondos concursables
El desgaste y caída de Woodstaco deja en evidencia las enormes fallas que enfrentan los proyectos basados en la autogestión de festivales musicales al intentar acceder a los mecanismos de financiamiento estatal en Chile. Los fondos son insuficientes o poco adecuados para un evento de esta naturaleza y actualmente no existen políticas públicas concretas con la flexibilidad que requiere una iniciativa como esta.
El equipo de producción se vio atrapado en lo que podríamos llamar «la trampa de los fondos concursables». Para intentar inyectar recursos, se adjudicaron un PAOCC (Programa de Apoyo a Organizaciones Culturales Colaboradoras); sin embargo, este instrumento no financiaba el festival de verano, sino que los obligaba a generar aún más trabajo y programación durante el año —los llamados Pro-Woodstaco— para justificar los recursos. Lejos de aliviar la carga, el sistema estatal multiplicó el desgaste de un equipo que ya operaba al límite.
Por otro lado, intentar que el Estado asumiera un rol más protagónico —al estilo de programas como Escuelas de Rock y su red de Festivales — implicaba chocar de frente con otra política estandarizada: la exigencia de la gratuidad total. El Estado no comprende que un festival independiente, de acampada y de tres días de duración, tiene una capacidad de carga y un diseño de experiencia limitados, pero no por eso dejan de ser importantes para la construcción de una escena y el desarrollo turístico local.
Obligar a una iniciativa de este tipo a masificarse y volverse gratuita es, en la práctica, forzarla a destruir la misma identidad que la hizo valiosa para su comunidad. Tal como dice Amunátegui, “que el Estado se haga cargo, hubiese significado que ya no iba a ser el mismo festival”.
Esta fragilidad del sistema condena a proyectos con profundo arraigo territorial a vivir en constante peligro de extinción. La paradoja final es trágica: al bajar la cortina, Woodstaco logró salvar su mito y su integridad, pero la industria musical emergente y el turismo de la Región del Maule perdieron a uno de sus motores culturales más importantes de las últimas dos décadas.
Morir en la gloria
La decisión de cerrar Woodstaco fue un acto de branding consciente, de saber cuándo decir basta para que el mito construido a lo largo de sus quince años quede en lo alto de sus exitosas ediciones y no como un evento, quizás rentable, pero que crece a la sombra de lo que fue alguna vez.
“Nosotros fuimos muy testarudos. Si lo hubiésemos mantenido hasta cierto punto y después ir metiendo de a poco una estrategia más de mercado, quizás podría haber partido como los Lollapalooza en los 90, como un festival de nicho, independiente e ir creciendo orgánicamente, con la lógica de mercado, que es: necesito más plata, más inversión, pero nosotros nos quedamos pegados con esta hueá, la hacemos así, y no la vamos a cambiar. (Jose Amunátegui)”
Ese espíritu no comercial del evento es, justamente, lo que le dio valor a la marca a lo largo de los años, tanto para el público como para las bandas participantes, quienes veían en el equipo de producción el amor y entrega detrás de cada edición. Woodstaco nunca dejó de ser un festival artesanal, y lo artesanal es limitado. La autogestión de festivales musicales, también.
“Sería muy triste que el siguiente año sea como ‘Woodstaco ya no es lo que era’. Eso era más doloroso que decir ‘wow, Woodstaco murió en la gloria’ (…) tenía más valor eso para nosotros que transgredir todas las otras hueás que nos hacían sentir que estábamos cambiando la lógica con la que nosotros creamos el festival, desde el día uno cuando estábamos poniendo el chuzo y la pala y montando un escenario. Eso es lo que queríamos que se mantuviera”, indica Jose.
La decisión se tomó en los meses previos a la edición 2023, cuando el equipo se dio cuenta que el crecimiento necesariamente implicaba soltar procesos y tercerizar responsabilidades provocando una despersonalización del trabajo, “no hubiese sido responsable con lo que nosotros queríamos hacer, que era este festival que nace en comunidad”, comenta Matías.
Siguiendo esa misma línea, Burgos remata: “el modelo que tenía Woodstaco, sin auspicios y de no aceptar marcas, etc. llegó hasta acá. O sea, hasta acá era lo que nosotros pudimos hacer humanamente en el sentido de entregar todo lo que teníamos (…) y el último funcionó y que fue hermoso, fue una excelente despedida, y qué bueno que fue así”. El arte de saber decir adiós es la estrategia de branding más poderosa para volver a una marca inmortal.
El legado digital: La transmutación del mito
Bajar la cortina física en 2023 permitió a Woodstaco transitar hacia un ecosistema digital que se sigue gestionando con el mismo espíritu artesanal del Festival: sin pretensiones comerciales y con la sola intención de mantener vivo el legado de una marca cultural sólidamente construída.
Como estrategas de contenidos, vemos aquí un giro brillante hacia la gestión del patrimonio y el marketing de nicho: la decisión de detener la maquinaria operativa les permitió mirar hacia atrás y rescatar joyas que el frenesí de la producción anual mantenía ocultas, como el registro sonoro de la edición 2018, el cual poco a poco está viendo la luz en plataformas de streaming de música. Quizás es una nueva forma de autogestión de festivales musicales.
Al abrir ese «baúl de los recuerdos» y liberar sencillos inéditos en vivo (como los recientes estrenos de Fósil o The Ganjas), el equipo está ejecutando una clase magistral de fidelización post-mortem. El evento presencial ya no existe, pero en el fondo sigue latiendo gracias a este trabajo de rescate patrimonial. Como bien señala Matías Burgos respecto al archivo guardado: «tenemos discos duros llenos de cosas, yo creo que se pueden hacer cosas hermosas con eso todavía, y quién sabe, la cosa sigue viva».
En definitiva, la liberación de estas canciones y material documental es la consolidación de un legado. Fiel a la teoría de la cultura participativa, los asistentes toman estos fragmentos digitales para seguir alimentando la mitología del festival. El caso de Woodstaco es el ejemplo perfecto de que, en la autogestión de festivales musicales, a veces es mucho más digno y poderoso vivir para siempre en la nostalgia de su comunidad, que agonizar lentamente intentando encajar en un modelo corporativo que traicionaba su esencia.
Revisa la entrevista entera acá






